- FAMILIA ARAUJO (familia brasileña de Porto Alegre)
MARIA MARTA: Santidad, como en el resto del mundo, también en nuestro Brasil los fracasos matrimoniales siguen aumentando.
Me llamo Maria Marta, él es Manoel Angelo. Llevamos 34 años casados y ya somos abuelos. Como médico y psicoterapeuta familiar encontramos a muchas familias, y advertimos en los conflictos de pareja una dificultad cada vez más marcada para perdonar y para aceptar el perdón; pero en varios casos hemos hallado el deseo y la voluntad de construir una nueva unión, algo duradero, también por los hijos que nacen de esa nueva unión.
MANOEL ANGELO: Algunas de estas parejas de vueltos a casar querrían acercarse de nuevo a la Iglesia, pero cuando ven que se les niegan los Sacramentos su decepción es grande. Se sienten excluidos, marcados por un juicio inapelable.
Estos grandes sufrimientos hieren en lo más hondo a quienes los viven; desgarros que llegan a ser también parte del mundo, y son heridas nuestras también, de toda la humanidad.
Santo Padre, sabemos que estas situaciones y estas personas importan mucho al corazón de la Iglesia: ¿qué palabras y qué signos de esperanza podemos ofrecerles?
SANTO PADRE: Queridos amigos, gracias por vuestro trabajo de psicoterapeutas para las familias, muy necesario. Gracias por todo lo que hacéis para ayudar a estas personas que sufren. En realidad, este problema de los divorciados vueltos a casar es uno de los grandes sufrimientos de la Iglesia de hoy. Y no tenemos recetas sencillas. El sufrimiento es grande y solo podemos ayudar a las parroquias, a cada persona, a ayudar a quienes han de soportar el sufrimiento de ese divorcio. Yo diría que sería muy importante, naturalmente, la prevención, es decir, profundizar desde el principio el enamoramiento hasta convertirlo en una decisión honda y madurada; además, el acompañamiento durante el matrimonio, para que las familias no estén nunca solas, sino realmente acompañadas en su camino. Y luego, en cuanto a estas personas, debemos decir –como usted ha dicho– que la Iglesia las ama, pero ellas deben ver y sentir este amor. Me parece una gran tarea de una parroquia, de una comunidad católica, hacer realmente lo posible para que se sientan amadas, acogidas, para que vean que no están «fuera» aunque no puedan recibir la absolución y la Eucaristía: deben ver que también así viven plenamente en la Iglesia. Quizá, si no es posible la absolución en la Confesión, un contacto permanente con un sacerdote, con un guía del alma, es sin embargo muy importante, para que puedan ver que están acompañadas, guiadas. Además es muy importante que sientan que la Eucaristía es verdadera y participada si entran realmente en comunión con el Cuerpo de Cristo. Incluso sin la recepción «corporal» del Sacramento, podemos estar espiritualmente unidos a Cristo en su Cuerpo. Y hacer comprender esto es importante. Que encuentren realmente la posibilidad de vivir una vida de fe, con la Palabra de Dios, con la comunión de la Iglesia, y que puedan ver que su sufrimiento es un don para la Iglesia, porque así sirven a todos, también para defender la estabilidad del amor, del Matrimonio; y que ese sufrimiento no es solo un tormento físico y psíquico, sino también un sufrir en la comunidad de la Iglesia por los grandes valores de nuestra fe. Pienso que su sufrimiento, si es realmente aceptado interiormente, es un don para la Iglesia. Deben saberlo: precisamente así sirven a la Iglesia, están en el corazón de la Iglesia. Gracias por vuestro compromiso.